El dragón de Atreyu

Quetzil. Alebreije de David Ventura Fernández
Quetzil. Alebreije de David Ventura Fernández

Me encontré al dragón de Atreyu bajo el árbol de la noche triste (ahora victoriosa). Dijo llamarse Quetzil. Cuando le pregunté por su plumaje se quiso largar reptando.

Militar, tu madre también te buscaría

Una de las grandes luchas se está dando en el terreno de lo simbólico. Hay muchos recogiendo imágenes emblemáticas que retratan el corazón adolorido de los nuestros, su transformación hacia la fuerza entre tanto quebranto y adversidad.

Madre junto a militares. Foto: Félix Márquez (@felyxmarquez)
Madre junto a militares en una protesta en un cuartel de Iguala, Guerrero. Foto: Félix Márquez (@felyxmarquez)

Relevo azul y oro

Mi padre solía llevarnos a mi hermano y a mí al estadio de CU cuando eramos niños. Nunca sentí un apego particular por los Pumas y pasó mucho tiempo antes de que llegara a estudiar en la Universidad, pero ir al estadio era una aventura íntima entre los tres, compartir el lenguaje y ritual meramente futbolero. Recuerdo de esos días sobre todo los golazos de Luis García, a Jorge Campos y las ingeniosas frases de la porra de los Pumas que intempestivamente rompían el bullicio del estadio luego de un silencio que aspiraba cualquier otro ruido.

Recuerdo mucho el frío, provocado quizás por las butacas de cemento y los chiflones (así le llamaba mi abuela a las corrientes de aire). En aquella época acababan de pasar una película sobre las Chivas en la televisión, de la época del Campeonísimo. Por ello, por los goles de Luis García, el colorido de Campos y por la influencia de la serie Los años maravillosos, cada mediodía en el estadio además de mirar el partido, me narraba a mí mismo la escena como si la estuviera recordando en un futuro muy lejano, como si estuviese presenciando algo histórico. No recuerdo de manera precisa las narraciones de entonces pero no me equivoqué al pensar que esas experiencias serían históricas e irrepetibles. Aquello que nos contamos de nuestro presente (aún en un tiempo nostálgico fingido) no es necesariamente lo que nos marca y conforma. La huella es la conmoción, el sonido de un balón pateado con toda la fuerza, el rugir de la gente, el aroma de los ates que obsequiaban los aficionados del Morelia aún siendo rivales.

El pasado 20 de noviembre miles de personas de todos colores y de todos los rincones del país marcharon juntos, adoloridos, con indignación y hartazgo. Cuando vi a un niño con la bandera de la UNAM quise mirar lo que miraba, imaginar qué le estaba emocionando, cómo se habrá de contar a sí mismo esa tarde que cargaba la bandera junto a su familia, junto a tanta gente unida, gritando, cantando.

Los 43, la piedra que fractura la burbuja

Una buena amiga preguntó: “¿Sólo importan los estudiantes muertos? ¿Y los indígenas muertos, las mujeres muertas, los niños desaparecidos y muertos también?” Pensando en ello imaginé lo siguiente:

Imagino a la población luchando a la deriva en medio de un inmenso y furioso río. Ese río es la cotidiana e inabarcable miseria, el abandono, la enajenación, el día a día, el atropello y el asesinato. Es tan grande y tan permanente su presencia que no hay de dónde asirse para respirar un momento, para hacer algo distinto de lo que se hace todos los días. El secuestro y probable asesinato de los estudiantes es algo que sobresale de ese torrente, una piedra donde los que aún tienen fuerza pueden asirse y agarrar a otros. Mucha gente no tenía idea (y no quería tener idea) de los miles de vidas destruídas y familias rotas en este país. Los 43 es la piedra que ha fracturado la ilusoria y mezquina burbuja que muchos tenían como realidad. Darle rostro a cada víctima, darle voz a cada madre y padre que llora a sus hijos y hermanos arrebatados, imaginar el cuerpecito calcinado de alguien que sólo fue a la guardería… sólo así se va percibiendo el hedor de nuestros crematorios y fosas, sólo así el dolor ajeno se va percibiendo como propio y nos mueve a hacer algo distinto, con otros, por otros.

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Foto: Omar Vera