Split es un delirio navegable

Split es un deli­rio nave­ga­ble. Para embar­car­se en él hay que sol­tar­se a sí mis­mo, aban­do­nar las expec­ta­ti­vas pre­vias, estar dis­pues­to a com­prar lo que la pelí­cu­la nos va pro­po­nien­do. La pri­me­ra guía para nave­gar­la es la mag­ní­fi­ca foto­gra­fía, que nos habrá de inter­nar y ence­rrar en los espa­cios físi­cos y psi­co­ló­gi­cos de los per­so­na­jes, lle­ván­do­nos pacien­te­men­te al gran acier­to de Split: sus deta­lles y suti­le­zas. Éstos son los gran­des tra­zos de la pelí­cu­la, su rit­mo y su genia­li­dad: un con­cier­to que nos obli­ga a des­cen­der con base en actua­cio­nes ges­tua­les en con­tra­pun­to; dic­ción mul­ti­co­lor y cui­da­da de cada persona(e); una pale­ta cro­má­ti­ca limi­ta­da, rígi­da y oscu­ra que nos cons­tri­ñe en un encie­rro pro­pio. Mul­ti­tud de gui­ños y mati­ces ser­pen­tean­do un nue­vo cuen­to de terror, que sólo será creí­ble en con­jun­ción con nues­tra capa­ci­dad de ima­gi­nar o con el cúmu­lo per­so­nal de des­va­ríos.

Triste domingo a los siete años

En la músi­ca está con­te­ni­do algo más oscu­ro y más pro­fun­do que aque­llo que se pue­de trans­mi­tir con pala­bras. Que alguien de 7 años de edad pue­da abre­var direc­ta­men­te de este torren­te sub­te­rrá­neo y dar­le cuer­po a algo tan impo­nen­te y demo­nia­co es un mila­gro que mere­ce com­par­tir­se. El juez al final le pre­gun­ta a Ange­li­na (insis­to, de 7 años) si sabe de qué tra­ta la can­ción. Ella dice que sí, que tra­ta de un domin­go tris­te. Lue­go de un momen­to de silen­cio el juez la absuel­ve: ‘sí, y pude sen­tir esa tris­te­za’. Los intér­pre­tes tie­nen esa suer­te de vibrar sin con­ten­ción. Bas­ta mirar el acom­pa­sa­mien­to con sus pies des­cal­zos. Los intér­pre­tes son la músi­ca cuan­do son habi­ta­dos por ella: un mila­gro que los aca­ba cal­ci­nan­do.

Y dale la burra al trigo

Las pala­bras iman­tan todas sus pro­pie­da­des cuan­do esta­mos dis­pues­tos emo­cio­nal­men­te: con­mo­vi­dos, indig­na­dos, con rabia o asco. Expo­ner­se a las retó­ri­cas ofi­cia­les (ver­da­des his­tó­ri­cas) nos ciñe al uni­ver­so cerra­do que han dise­ña­do los psi­có­pa­tas que nos gobier­nan: nos redu­ce a repe­tir el infun­dio inhu­mano en nega­ti­vo, en rever­sa, con el cora­zón atra­gan­ta­do. Fui recons­tru­yen­do el rego­deo sádi­co ofi­cial a par­tir de las reac­cio­nes de las per­so­nas en las que con­fío para infor­mar­me. La asfi­xia y la impo­ten­cia son algo meno­res al no expo­ner­se de fren­te a la toxi­ci­dad del necio pro­fe­sio­nal.

Y dale la burra al tri­go, diría mi abue­la. Dicen que se can­san pero no desis­ten. Insis­ten con poca gana y mucha vile­za. Quie­ren ter­mi­nar de can­sar a los har­tos, a los que no desis­ten.

burra al trigo

Crónicas de malviajes I

Foto: Tony Fis­cher

Algu­nos ciclis­tas pare­cen con­ver­tir­se en após­to­les (cas­tro­sos o are­no­sos, según el ojo del juez) del con­vi­vir ciu­da­dano y del res­pe­to al regla­men­to de trán­si­to. Más allá de las razo­nes psi­co­ló­gi­cas que tien­tan a cual­quier ser humano de ver a los demás por enci­ma del hom­bro (moral), hay una razón que pue­de dilu­ci­dar ese fenó­meno: no que­rer morir atro­pe­lla­do. Andar en bici­cle­ta pue­de hacer­te sen­si­ble a la fra­gi­li­dad de tu per­so­na y a cómo cual­quier mez­quin­dad, error o dis­trac­ción pue­de ase­si­nar­te.

Las mis­mas razo­nes tam­bién sir­ven para expli­car el por qué muchos ciclis­tas son tan que­jum­bro­sos y exa­ge­ra­dos (chi­llo­nes, diría un ami­go). No siem­pre rela­ta­mos nues­tras andan­zas en la calle por­que más que intras­cen­den­tes son difí­ci­les de trans­mi­tir: la sen­sa­ción de fres­cu­ra cuan­do el vien­to cho­ca con tu cuer­po can­sa­do; esa extra­ña comu­nión máqui­na-per­so­na cuan­do alcan­zas un rit­mo que te lle­va casi sin esfuer­zo a bue­na velo­ci­dad; reba­sar y reba­sar autos sabien­do cuán­to va a durar tu reco­rri­do con o sin trá­fi­co; dete­ner­te a des­cu­brir fon­das, tien­das y luga­res por colo­nias que jamás hubie­ras cono­ci­do de otra for­ma. El no con­tar siem­pre la deli­cia de un via­je ordi­na­rio y sin con­tra­tiem­pos nos ale­ja de la mejor publi­ci­dad hacia esta for­ma de trans­por­te. …