Militar, tu madre también te buscaría

Una de las grandes luchas se está dando en el terreno de lo simbólico. Hay muchos recogiendo imágenes emblemáticas que retratan el corazón adolorido de los nuestros, su transformación hacia la fuerza entre tanto quebranto y adversidad.

Madre junto a militares. Foto: Félix Márquez (@felyxmarquez)
Madre junto a militares en una protesta en un cuartel de Iguala, Guerrero. Foto: Félix Márquez (@felyxmarquez)

Relevo azul y oro

Mi padre solía llevarnos a mi hermano y a mí al estadio de CU cuando eramos niños. Nunca sentí un apego particular por los Pumas y pasó mucho tiempo antes de que llegara a estudiar en la Universidad, pero ir al estadio era una aventura íntima entre los tres, compartir el lenguaje y ritual meramente futbolero. Recuerdo de esos días sobre todo los golazos de Luis García, a Jorge Campos y las ingeniosas frases de la porra de los Pumas que intempestivamente rompían el bullicio del estadio luego de un silencio que aspiraba cualquier otro ruido.

Recuerdo mucho el frío, provocado quizás por las butacas de cemento y los chiflones (así le llamaba mi abuela a las corrientes de aire). En aquella época acababan de pasar una película sobre las Chivas en la televisión, de la época del Campeonísimo. Por ello, por los goles de Luis García, el colorido de Campos y por la influencia de la serie Los años maravillosos, cada mediodía en el estadio además de mirar el partido, me narraba a mí mismo la escena como si la estuviera recordando en un futuro muy lejano, como si estuviese presenciando algo histórico. No recuerdo de manera precisa las narraciones de entonces pero no me equivoqué al pensar que esas experiencias serían históricas e irrepetibles. Aquello que nos contamos de nuestro presente (aún en un tiempo nostálgico fingido) no es necesariamente lo que nos marca y conforma. La huella es la conmoción, el sonido de un balón pateado con toda la fuerza, el rugir de la gente, el aroma de los ates que obsequiaban los aficionados del Morelia aún siendo rivales.

El pasado 20 de noviembre miles de personas de todos colores y de todos los rincones del país marcharon juntos, adoloridos, con indignación y hartazgo. Cuando vi a un niño con la bandera de la UNAM quise mirar lo que miraba, imaginar qué le estaba emocionando, cómo se habrá de contar a sí mismo esa tarde que cargaba la bandera junto a su familia, junto a tanta gente unida, gritando, cantando.

Reiteración violenta de la palabra violencia

En la televisión y las columnas de opinión se viene repitiendo con insistencia la palabra violencia. Con autoridad exigua se señala por igual a estudiantes, twitteros, inconformes y a otros periodistas como violentos o incitadores del odio: precursores de más violencia. Se les designa de esa manera como si un grito, una movilización o una mentada de madre fuesen en sí mismos una afrenta física o pusiera en riesgo la integridad del que es diana de estas expresiones. Nada dicen de la frustración del que grita, del que ha sido despojado de recurso y oportunidad de resistir y hacerse escuchar en condiciones equitativas. El hartazgo no es un acto espontáneo, tiene raíz y rostro, se puede rastrear y narrar: es una cadena de agravios, de insultos y despojos. Mentir y deformar estas narraciones es anular a cada uno de los protagonistas que las han hilvanado. Es por ello que la masa en carne viva se solidariza horizontalmente, ensaya la conquista de su voz desde el grito desnudo que arde, que dignifica. Los medios y los mandos apostaron por la división, expropiar del hombre su capacidad para reconocerse, hermanarse y resistir. Pero de su dispendio inmoral no ha crecido más violencia, germinó ciudadanía que sigue resistiendo mientras se propaga, se inconforma y detiene la inercia que se la había impuesto. De ahí la reacción violenta y desmedida de llamar violento a quien abandona la postura plácida de asimilar la derrota.

Foto: Celeste RC