Asombros

Admi­ra­cio­nes y secue­las por el arte ajeno.

Split es un delirio navegable

Split es un deli­rio nave­ga­ble. Para embar­car­se en él hay que sol­tar­se a sí mis­mo, aban­do­nar las expec­ta­ti­vas pre­vias, estar dis­pues­to a com­prar lo que la pelí­cu­la nos va pro­po­nien­do. La pri­me­ra guía para nave­gar­la es la mag­ní­fi­ca foto­gra­fía, que nos habrá de inter­nar y ence­rrar en los espa­cios físi­cos y psi­co­ló­gi­cos de los per­so­na­jes, lle­ván­do­nos pacien­te­men­te al gran acier­to de Split: sus deta­lles y suti­le­zas. Éstos son los gran­des tra­zos de la pelí­cu­la, su rit­mo y su genia­li­dad: un con­cier­to que nos obli­ga a des­cen­der con base en actua­cio­nes ges­tua­les en con­tra­pun­to; dic­ción mul­ti­co­lor y cui­da­da de cada persona(e); una pale­ta cro­má­ti­ca limi­ta­da, rígi­da y oscu­ra que nos cons­tri­ñe en un encie­rro pro­pio. Mul­ti­tud de gui­ños y mati­ces ser­pen­tean­do un nue­vo cuen­to de terror, que sólo será creí­ble en con­jun­ción con nues­tra capa­ci­dad de ima­gi­nar o con el cúmu­lo per­so­nal de des­va­ríos.

Triste domingo a los siete años

En la músi­ca está con­te­ni­do algo más oscu­ro y más pro­fun­do que aque­llo que se pue­de trans­mi­tir con pala­bras. Que alguien de 7 años de edad pue­da abre­var direc­ta­men­te de este torren­te sub­te­rrá­neo y dar­le cuer­po a algo tan impo­nen­te y demo­nia­co es un mila­gro que mere­ce com­par­tir­se. El juez al final le pre­gun­ta a Ange­li­na (insis­to, de 7 años) si sabe de qué tra­ta la can­ción. Ella dice que sí, que tra­ta de un domin­go tris­te. Lue­go de un momen­to de silen­cio el juez la absuel­ve: ‘sí, y pude sen­tir esa tris­te­za’. Los intér­pre­tes tie­nen esa suer­te de vibrar sin con­ten­ción. Bas­ta mirar el acom­pa­sa­mien­to con sus pies des­cal­zos. Los intér­pre­tes son la músi­ca cuan­do son habi­ta­dos por ella: un mila­gro que los aca­ba cal­ci­nan­do.

Yo sí

toreros muertos yo no me llamo javier med

Fue­ron muchas veces las que me pre­gun­ta­ron ¿y eres de armas tomar? Tam­bién fue­ron muchas las veces que en algu­na fies­ta me hacían un gui­ño cuan­do ponían Yo no me lla­mo Javier. Esta can­ción habrá esta­do de moda cuan­do yo tenía unos ocho años. Cono­ces la can­ción, te gus­ta, la bai­las, sigues el jue­go de quie­nes te seña­lan al bai­lar­la. Tiem­po des­pués te vas ente­ran­do de qué tra­ta­ba y por qué la fija­ción de quien can­ta por des­mar­car­se del nom­bre y del niño tan boni­to. La can­ción se sigue tocan­do en el radio, en fies­tas y antros aún has­ta el día de hoy. A pesar de ello, creo que no había teni­do opor­tu­ni­dad de escu­char­la de ver­dad. En mi recuer­do no había per­cu­sio­nes bryan­ferryes­cas tan vivas ni dis­tri­bu­ción espa­cial del soni­do. Cuan­do hoy en día pre­sen­cio lo que escu­ché en los ochen­tas cai­go en cuen­ta de que tuve acce­so a una pro­yec­ción pla­na del fenó­meno musi­cal. Y aún así fue emo­cio­nan­te. Regre­so enton­ces a los recuer­dos e influen­cias para poder pal­par el ondu­lar de la músi­ca, su gol­pe­teo con­tra el cuer­po. Se hace bai­lar la curio­si­dad y la nos­tal­gia reve­lan­do la can­ción por pri­me­ra vez.

Nota: Originalmente este texto estaba acompañado por un video de una grabación de muy buena calidad de un disco de vinil de la canción. Youtube decidió que podía prescindir de él y dejar las innumerables copias de pésima calidad que hay aún en dicha plataforma.

Sonata de la muerte

a Julio César Oli­va y su Sona­ta de la Muer­te

La gui­ta­rra lle­ga antes al ester­nón que a los oídos… o es el esca­lo­frío del pecho que quie­re par­ti­ci­par can­tan­do. Se com­pa­de­ce de la angus­tia de la gui­ta­rra y quie­re abra­zar su vibra­ción. Empa­tía de voces, llan­to de la con­mo­ción sonan­te.

Publicada originalmente el 11 de mayo de 2010