Triste domingo a los siete años

En la música está contenido algo más oscuro y más profundo que aquello que se puede transmitir con palabras. Que alguien de 7 años de edad pueda abrevar directamente de este torrente subterráneo y darle cuerpo a algo tan imponente y demoniaco es un milagro que merece compartirse. El juez al final le pregunta a Angelina (insisto, de 7 años) si sabe de qué trata la canción. Ella dice que sí, que trata de un domingo triste. Luego de un momento de silencio el juez la absuelve: ‘sí, y pude sentir esa tristeza’. Los intérpretes tienen esa suerte de vibrar sin contención. Basta mirar el acompasamiento con sus pies descalzos. Los intérpretes son la música cuando son habitados por ella: un milagro que los acaba calcinando.

Juegos de luz

A menudo se agita la frase ‘juegos de luz’ con cierta holgura. Acá no hay sólo eso sino luz en pasarela, atardeciendo en el acetato, revelando como en la caverna original la silueta de una interpretación musical. La combinación otoñal Winston-Bronze pasada por el fuego, o por la lamparita y su movimiento. No es Nosferatu en el muro quien se proyecta. Es la sombra de un brazo de metal y el enjambre de ejes que hacen contrapeso para revelar el sonido. Conmovedor a muchos niveles.

Bellísima pieza con el arriesgado aporte del video de Roberto Di Landrio

https://youtu.be/IeJYv6_qbB0