Asombros

Admi­ra­cio­nes y secue­las por el arte ajeno.

El dragón de Atreyu

Quetzil. Alebreije de David Ventura Fernández
Quetzil. Ale­brei­je de David Ven­tu­ra Fernández

Me encon­tré al dra­gón de Atre­yu bajo el árbol de la noche tris­te (aho­ra vic­to­rio­sa). Dijo lla­mar­se Quetzil. Cuan­do le pre­gun­té por su plu­ma­je se qui­so lar­gar reptando.

Jacqueline du Pré

Lle­gué al café inca­paz de reco­no­cer per­so­nas en una pri­me­ra ins­tan­cia. Espe­rar a que se des­ocu­pa­ra una mesa de afue­ra para poder fumar. Ya sen­ta­do y con ganas de hojear el perió­di­co sin­to­ni­cé mejor la radio. Dvo­rak. El pri­mer movi­mien­to del con­cier­to para cello y orques­ta, con dife­ren­tes intér­pre­tes. Obse­sión por la obs­ti­na­ción. Pri­me­ro Casals. Aho­ra du Pré. El mor­bo lle­va a pre­gun­tar­nos si en el momen­to de la gra­ba­ción ya se sabía la sen­ten­cia que flo­ta­ba sobre el cuer­po de Jacqueline.

Mucho más ínti­ma su interpretación.

Pero siem­pre es com­pli­ca­do escu­char músi­ca sólo por los oídos. El cere­bro tie­ne que emu­lar el estre­me­ci­mien­to visceral…

La res­pi­ra­ción del arco de Jaque­li­ne es más dra­má­ti­ca pero no atra­ban­ca­da. Las par­tes solem­nes y oscu­ras con sosie­go: com­pren­de y domi­na el dra­ma de Antonín.

Sólo por la músi­ca val­dría la pena no ser perro. Tene­mos la moda para inven­tar­nos un pela­je. Pero por la cos­tum­bre de dise­ñar en pie­zas no se alcan­za la uni­dad animal.

Jac­que­li­ne final­men­te recu­rre al arre­ba­to. Tan eco­nó­mi­ca en el recur­so que el efec­to es estre­me­ce­dor cuan­do aparece.

Schiller y Beethoven siempre sí tenían razón

Mer­ce­na­rios ves­ti­dos como estu­dian­tes, can­tan­tes ves­ti­dos de civil. ‘¿Y si leye­ra­mos poe­sía en el metro?’ ¿Y si la poe­sía emer­gie­ra de los pasa­je­ros? ‘El ase­sino salió de entre la muche­dum­bre y con­su­ma­do el acto se per­dió en ella’. Yo tam­bién me talla­ría la cabe­za, per­ple­jo y con­mo­vi­do. ¡El car­ni­ce­ro está can­tan­do!  ¡El car­ni­ce­ro está can­tan­do! La ven­de­do­ra de fru­tas, el turis­ta, todos en ale­gría reve­ren­cial. La huma­ni­dad tie­ne reme­dio o aca­so lo humano en noso­tros lo tie­ne. ‘Una tur­ba emo­cio­na­da en Valen­cia bai­ló a Ver­di a media tar­de. No fal­tó quien olvi­dó com­prar sus uvas.’

Siguie­ron son­rien­do has­ta altas horas de la salchichonería’

Segu­ro que yo tam­bién lloraba.

Vía Ali­cia Ocam­po, Sarahí Leza­ma y Miguel Acos­ta

Radiografía del trastorno

Un gru­po de pin­güi­nos sale de la colo­nia en la que ani­dan. Van rum­bo al mar. Uno de ellos se detie­ne. No sigue el camino de los demás ni regre­sa a la colo­nia. Inmó­vil gira la cabe­za hacia los que siguen su mar­cha y hacia otro que deci­dió vol­ver­se. Des­pués empren­de hacia las mon­ta­ñas, don­de no hay nada sino vas­te­dad. “El doc­tor Aingly expli­ca que aún cuan­do toma­ra al pin­güino y lo devol­vie­ra a su colo­nia, regre­sa­ría a las mon­ta­ñas” dice Wer­ner Her­zog como narra­dor del video y ter­mi­na pre­gun­tán­do­se por qué.

Deran­ge­ment. Tras­torno. Pala­bras exac­tas para des­cri­bir el giro súbi­to del pro­ta­go­nis­ta de esta his­to­ria. Deci­de ese camino con el mis­mo tesón ins­tin­ti­vo que emplea­ría para bus­car ali­men­to en caso de sen­tir ham­bre. No hay razo­nes pues es muy posi­ble que el pin­güino no las ocu­pe para defi­nir su com­por­ta­mien­to. Cómo se pue­de deci­dir una pul­sión de ese tama­ño. El pin­güino se ha exi­lia­do o ha deci­di­do morir. Pare­cie­ra que hay más argu­men­tos en favor de lo segun­do pues segui­rá cami­nan­do has­ta que lo mate el can­san­cio, el ham­bre y el frío. …