Juego tradicional

La enti­dad sepa­ra­tis­ta cono­ci­da como incons­cien­te, tie­ne con­mi­go un jue­go ya tra­di­cio­nal. Pone en mi cabe­za una can­ción sub­ra­yan­do con énfa­sis repe­ti­ti­vo algún pasa­je en par­ti­cu­lar. Esta maña­na des­per­té con “We’­re the same height. The same eyes. But you can’t borrow my clothes all the time” (Somos de la mis­ma esta­tu­ra. Tene­mos los mis­mos ojos. Pero no pue­des usar mi ropa todo el tiem­po). Per­te­ne­ce a una can­ción de Emi­lia­na Torri­ni. Rela­cio­né la epi­fa­nía con el que la épo­ca en que apa­re­ció esta can­ción inau­gu­ra­ba una sed de nue­va músi­ca des­pués de una recien­te sepa­ra­ción muy dolo­ro­sa (de una pare­ja en par­ti­cu­lar aun­que el haber­me escin­di­do de mí no era tan recien­te). Tam­bién la rela­cio­né con una pare­ja a la que pos­te­rior­men­te le com­par­tí el mis­mo extrac­to de can­ción. Pero el jue­go de mi incons­cien­te tie­ne otra carac­te­rís­ti­ca: por sadis­mo o mise­ri­cor­dia me mues­tra sólo la pun­ti­ta de lo que que­ría decir­me al poner en mi cabe­za esa can­ción. Para seguir­le el jue­go voy y bus­co el refe­ren­te com­ple­to. Es cuan­do aca­bo per­ci­bien­do la mag­ni­tud del men­sa­je de mi inconsciente. …

Cantor que canta es pájaro

La fra­se abrió algo, muy pro­fun­do y ocul­to. Todo se des­bor­dó. Era un llan­to puro, flui­do, de sollo­zos acom­pa­sa­dos. Mer­ce­des Sosa, la gui­ta­rra, la voz den­tro enme­dio de quién sabe dón­de pero jalan­do más llan­to mas nun­ca de rodi­llas. Incon­te­ni­ble e indes­ci­fra­ble, más gran­de que cual­quier heri­da o melan­co­lía recu­rren­te, dis­tin­ta, poé­ti­ca, de vida. Nun­ca antes, nun­ca así.

Ángeles o ausencias

Algu­na vez en el canal once entre­vis­ta­ban a un arte­sano espe­cia­lis­ta en hacer ánge­les. Dijo en aquél pro­gra­ma que los ánge­les esta­ban en todas par­tes, que uno podía sen­tir­los. En su bal­bu­ceo poco hil­va­na­do dió a enten­der que los ánge­les tenían que ver con la divi­sión que es uno mis­mo, como una esci­sión. Lue­go le pre­gun­tó a su entre­vis­ta­do­ra algo que me estre­me­ció: “¿Algu­na vez ha sen­ti­do nos­tal­gia?” Por un momen­to tem­blé, pen­sé que iba a rela­cio­nar ambas ideas, que iba a decir que cada vez que uno sen­tía nos­tal­gia era por haber­se aban­do­na­do a sí mis­mo, que el ángel era un doble de noso­tros, por aban­dono. En todo caso, el esca­lo­frío pro­pio de la nos­tal­gia ten­dría que ver con ese roce con eso que somos pero deja­mos de ser, insis­to, por aban­dono. Pero no, todo que­dó en el aire y el arte­sano siguió su verborrea. …

Recurro a la escritura…

Recu­rro a la escri­tu­ra cuan­do me es com­ple­ta­men­te inapla­za­ble. Pero sola­men­te escri­bo en peque­ñas dosis, cosas de cor­to alien­to que no hagan que esté pen­san­do en ello más tiem­po de aquél que esté fren­te al papel o el moni­tor. Es como estar cons­cien­te del peso que tie­ne una dro­ga o un vicio y recu­rrir a él sólo cuan­do la nece­si­dad doble­ga. Escri­bo ape­nas lo sufi­cien­te para tener la adre­na­li­na y ener­gía nece­sa­rias para con­ti­nuar, para estar en el momen­to. Lue­go, siem­pre, vie­ne el olvi­do, el tedium vitae, la abu­lia, el olvi­do. El gran pro­ble­ma de este mode­lo es que los pro­yec­tos de cier­ta esta­tu­ra requie­ren un alien­to o esfuer­zo mucho mayor, sos­te­ni­do. Requie­ren labrar­se o irse con­quis­tan­do por cen­tí­me­tros. Yo escri­bo siem­pre en reti­ra­da, incen­dian­do todo antes de que lle­gue el enemi­go ima­gi­na­rio. Lue­go como en un sue­ño regre­so a los terri­to­rios que hube des­trui­do. Hay nue­va­men­te vida, todo sigue cre­cien­do, pero siem­pre de for­ma sil­ves­tre, capri­cho­sa. Recu­rro a la escri­tu­ra cuan­do me es com­ple­ta­men­te inapla­za­ble. Pero solamente…