Sacrilegio cívico, autorretrato de Gabriel Quadri

Foto: Gabriel Quadri

Arriba del marco las letras doradas dicen ‘Lázaro Cárdenas’. Debajo se aprecia una puerta con el escudo nacional desportillado. La puerta está cerrada. Al pie de ella, dos personas y sus pertenencias descansan sobre un cartón. Una cobija verde, una bolsa azul de plástico y una botella de refresco. Sacrilegio cívico. Uno duerme y el otro se abraza las piernas. El altar de la Patria y espacio público emblemático resguarda con rejas las lámparas que lo iluminan, y de paso calientan un poco a quienes tienen apenas lo que llevan puesto, un cartón, una cobija verde y una bolsa azul de plástico. Altar de la Patria, Monumento a la Revolución y Plaza de la República, apropiada por indigentes y convertida en pocilga. A nadie le importa, a nadie le importan.

“No estoy de humor para tus pendejadas”

Cuando voy en bicicleta ocupo el carril de la derecha. Lo ocupo completo no solamente porque la ley lo permite sino porque es mucho más seguro. Ir pegado a los autos estacionados (carril-cochera en todas las vialidades) es un peligro probado: el golpe de una puerta de auto abriéndose despreocupadamente te puede aventar al flujo de autos. Ha pasado mucho y recientemente. Otra razón para ocupar carril completo es evitar que los autos te rebasen cuando no hay espacio adecuado. La experiencia internacional recomienda dejar 1.50 m. de distancia al rebasar a un ciclista. Muchos automovilistas desconocen dicha recomendación y no reparan en las razones para ella. Cuando un auto rebasa con poco espacio a un ciclista no solamente conlleva el riesgo de golpear su manubrio. La cercanía intempestiva con un auto puede llevar a un ciclista a desconcentrarse y caer. También al rebasar sin abrirse lo suficiente no se da el mensaje de la presencia de una bicicleta al auto que viene detrás de quien está rebasando: se encontrará de sorpresa con un ciclista, sin espacio para maniobrar.

Foto: M. Martin Vicente
Foto: M. Martin Vicente

Quería explicarle todo eso a quien dijo que me sentía de chicle por ir en medio de la calle, y que no tenía ninguna prioridad, que no tenía tiempo de escuchar nada.

Lo vi en mi espejo retrovisor, muy cerca de mi bicicleta. Le hice señas primero para que se alejara y luego para que me rebasara. Lo hizo pero con poco espacio, echándo lámina pues. Le hice la seña universal de ‘dame un momento’, que esperara. Lo hizo parar el semáforo y me acerqué a su auto. Salió de él como un resorte, embravecido, gritando e insultando. Le dije calmada y reiteradamente que me dejara explicar. No me dejó. Estaba furioso y enajenado. La dinámica se repitió varias veces. Al final no puedo decir que se calmó, pero no siguió escalando su violencia, quizás porque no le di más elementos, finalmente sólo le quería explicar. Arrancó y se fue con un colofón de insultos.

Más allá de la enajenación y los motivos de este señor, me llamó poderosamente la atención la encarnación de esos prejuicios y lugares comunes que cada vez se repiten más. Me impactó cómo la reiteración, el desprecio previo y generalizado pueden llevar a la violencia. El prejuicio y desprecio a los demás predispone y puede traer consecuencias.