Ciudad

Sacrilegio cívico, autorretrato de Gabriel Quadri

Foto: Gabriel Quadri

Arri­ba del mar­co las letras dora­das dicen ‘Láza­ro Cár­de­nas’. Deba­jo se apre­cia una puer­ta con el escu­do nacio­nal des­por­ti­lla­do. La puer­ta está cerra­da. Al pie de ella, dos per­so­nas y sus per­te­nen­cias des­can­san sobre un car­tón. Una cobi­ja ver­de, una bol­sa azul de plás­ti­co y una bote­lla de refres­co. Sacri­le­gio cívi­co. Uno duer­me y el otro se abra­za las pier­nas. El altar de la Patria y espa­cio públi­co emble­má­ti­co res­guar­da con rejas las lám­pa­ras que lo ilu­mi­nan, y de paso calien­tan un poco a quie­nes tie­nen ape­nas lo que lle­van pues­to, un car­tón, una cobi­ja ver­de y una bol­sa azul de plás­ti­co. Altar de la Patria, Monu­men­to a la Revo­lu­ción y Pla­za de la Repú­bli­ca, apro­pia­da por indi­gen­tes y con­ver­ti­da en pocil­ga. A nadie le impor­ta, a nadie le importan.

Crónicas de malviajes I

Foto: Tony Fischer

Algu­nos ciclis­tas pare­cen con­ver­tir­se en após­to­les (cas­tro­sos o are­no­sos, según el ojo del juez) del con­vi­vir ciu­da­dano y del res­pe­to al regla­men­to de trán­si­to. Más allá de las razo­nes psi­co­ló­gi­cas que tien­tan a cual­quier ser humano de ver a los demás por enci­ma del hom­bro (moral), hay una razón que pue­de dilu­ci­dar ese fenó­meno: no que­rer morir atro­pe­lla­do. Andar en bici­cle­ta pue­de hacer­te sen­si­ble a la fra­gi­li­dad de tu per­so­na y a cómo cual­quier mez­quin­dad, error o dis­trac­ción pue­de asesinarte.

Las mis­mas razo­nes tam­bién sir­ven para expli­car el por qué muchos ciclis­tas son tan que­jum­bro­sos y exa­ge­ra­dos (chi­llo­nes, diría un ami­go). No siem­pre rela­ta­mos nues­tras andan­zas en la calle por­que más que intras­cen­den­tes son difí­ci­les de trans­mi­tir: la sen­sa­ción de fres­cu­ra cuan­do el vien­to cho­ca con tu cuer­po can­sa­do; esa extra­ña comu­nión máqui­na-per­so­na cuan­do alcan­zas un rit­mo que te lle­va casi sin esfuer­zo a bue­na velo­ci­dad; reba­sar y reba­sar autos sabien­do cuán­to va a durar tu reco­rri­do con o sin trá­fi­co; dete­ner­te a des­cu­brir fon­das, tien­das y luga­res por colo­nias que jamás hubie­ras cono­ci­do de otra for­ma. El no con­tar siem­pre la deli­cia de un via­je ordi­na­rio y sin con­tra­tiem­pos nos ale­ja de la mejor publi­ci­dad hacia esta for­ma de transporte. …

Metrobús vs. Ciclista

Vivo jun­to a un eje don­de corre el Metro­bús. Nun­ca he com­pren­di­do cómo los ciclis­tas se ani­man a aga­rrar ese carril don­de va esa bes­tia a tan alta velo­ci­dad. En bici tra­to de no usar ejes via­les a menos de que trai­ga pier­nas para no sol­tar el carril (la ley lo per­mi­te). Y aún así no fal­ta el psi­có­pa­ta que se sien­te con el dere­cho de aven­tar­te lámi­na. Es indig­nan­te que alguien sien­ta el tone­la­je de su vehícu­lo como fuer­za pro­pia y pre­ten­da ame­dren­tar con ella. No es un ciclis­ta el que te estor­ba, es un hijo, espo­so, novia, padre, tío, nie­to o un vecino.

Cabe resal­tar el valor civil de quien hizo el video y puso la que­ja con­tra el Metro­bús. El fenó­meno de la ‘inva­sión’ de esos carri­les tie­ne que ser aten­di­da de mane­ra inte­gral no con el peso bru­to de las unidades.

No estoy de humor para tus pendejadas”

Foto: M. Martin Vicente
Foto: M. Mar­tin Vicente

Cuan­do voy en bici­cle­ta ocu­po el carril de la dere­cha. Lo ocu­po com­ple­to no sola­men­te por­que la ley lo per­mi­te sino por­que es mucho más segu­ro. Ir pega­do a los autos esta­cio­na­dos (carril-coche­ra en todas las via­li­da­des) es un peli­gro pro­ba­do: el gol­pe de una puer­ta de auto abrién­do­se des­preo­cu­pa­da­men­te te pue­de aven­tar al flu­jo de autos. Ha pasa­do mucho y recien­te­men­te. Otra razón para ocu­par carril com­ple­to es evi­tar que los autos te reba­sen cuan­do no hay espa­cio ade­cua­do. La expe­rien­cia inter­na­cio­nal reco­mien­da dejar 1.50 m. de dis­tan­cia al reba­sar a un ciclis­ta. Muchos auto­mo­vi­lis­tas des­co­no­cen dicha reco­men­da­ción y no repa­ran en las razo­nes para ella. Cuan­do un auto reba­sa con poco espa­cio a un ciclis­ta no sola­men­te con­lle­va el ries­go de gol­pear su manu­brio. La cer­ca­nía intem­pes­ti­va con un auto pue­de lle­var a un ciclis­ta a des­con­cen­trar­se y caer. Tam­bién al reba­sar sin abrir­se lo sufi­cien­te no se da el men­sa­je de la pre­sen­cia de una bici­cle­ta al auto que vie­ne detrás de quien está reba­san­do: se encon­tra­rá de sor­pre­sa con un ciclis­ta, sin espa­cio para maniobrar. …